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Cuando tenía 17 o 18 años, escuché en algún lado una cancioncita cristiana sobre granos de mostaza y fé. La canción era de esas que se te pegan en el cerebro y no podes dejar de cantarlas por días y días. Tan es así que hasta le dediqué una entrada de fotolog. Si, amigos, así de significativa fue para mí la fe de los granitos de mostaza, que desperdicié mi única foto diaria de fotolog para poner una foto de granos de mostaza.

La canción decía que había que tener fe como los granos de mostaza (una cualidad que yo no creía posible en una semilla) y que si le decías a las montañas que se muevan, las montañas se iban a mover. Si le decías a los enfermos que se sanaran, se iban a sanar.

Yo no soy una chica de fe. Estoy bastante segura de que decirle a la gente enferma que se cure no es la mejor manera de lograr que efectivamente se curen. Pero esta cuarentena tal vez me haya conectado con una parte más espiritual de mi misma. Como haber descubierto mi mantra personal “Como la flor” de Selena, que me ayuda a encontrar la paz cuando siento que todo es un poco demasiado. Creo que la música — y, por qué no, la cumbia específicamente — tiene poder. No sé qué tipo de poder — ¿Dios? ¿Magia? ¿La voluntad de un montón de gente? No lo sé. Pero yo, particularmente, creo en Gilda.

Gilda

Gilda fue una cantante de cumbia. De hecho, fue la cantante de cumbia. La abanderada de la bailanta. Fue, tal vez, la primera mujer que realmente rompió estructuras en la movida tropical, un lugar donde las mujeres no abundaban, y las pocas que había eran más bien un accesorio. 

El mayor mérito de Gilda fue atreverse. Siendo una mujer con una vida formada, ella quiso más. Quiso tener lo que soñaba, aun cuando eso implicara poner su mundo patas para arriba. Probablemente lo que más me apena de toda su historia es el poco tiempo que tuvo para disfrutar todo lo que había logrado. Por eso creo que tras su muerte se convirtió en Santa Gilda, para cuidar que a otros no les pasara lo mismo.

Pero arranquemos desde el principio.

“Gilda” no nació como tal como hasta 1990. Hasta ese entonces solo teníamos a Miriam. Una maestra jardinera, esposa y mamá de dos niños. Pero Miriam desde siempre había querido ser “Shyll”, nombre con el que la llamaban en su círculo más cercano, y dedicarse a cantar. 

La música fue un amor postergado en su vida. La leyenda — como también la película “Gilda, no me arrepiento de este amor” — dicen que ella un día vio un aviso en el diario y se presentó a un casting para cantante que convocaba Toti Gimenez. Otros dicen que en verdad fue un encuentro fortuito con Toti, “un amigo de la infancia”, en un colectivo, y que una charla con él fue lo que la convenció de dedicarse a cantar. Otros comentan sobre Toti viéndola imitar a Gladis “la bomba tucumana” en un acto del jardín donde trabajaba y luego persuadiéndola de cantar.

Las versiones son muchas. Pero a este punto la verdad no importa cómo apareció Toti en la vida de Gilda. Creo que lo importante fue que apareció y fue el catalizador del deseo irrefrenable de Miriam de convertirse finalmente en la cantante que siempre quiso ser.

Ahí alrededor de 1990 fue cuando Miriam pasó de ser Shyll a ser Gilda. Un poco como homenaje a Rita Hayworth, pero más que nada para ahorrarse una explicación. Gilda colgó el guardapolvo de maestra jardinera y se puso la minifalda y las botas de caña alta. Junto a Toti y la banda que armaron empezaron a recorrer los bailes. Obviamente la cosa no fue fácil. La noche no es un ámbito amigable para los outsiders. Y hay que tener en cuenta que, a los ojos de la bailanta, Gilda seguía siendo bastante Miriam, una chica acomodada de Devoto. Pero ella creía en sí misma y tenía a Toti, quien creía en ella más que en nada, a su lado. Y, para sorpresa de nadie, ahí nació un amor. 

Cabe aclarar que en ese punto la vida familiar de Miriam ya era un bardo. A la familia en general no le gustaba todo este temita de la cantante de cumbia. El marido estaba celoso y posesivo, al punto que se separaron. Los hijos la extrañaban y su madre tampoco estaba muy convencida de todo el asunto. Pero Gilda siguió cantando. Para mí este es uno de los secretos del éxito de Gilda: la perseverancia. También suma que ella realmente podía cantar. No era solo una cara bonita, ni siquiera era un cuerpo voluptuoso. Ella sabía y podía cantar. Es más, podía componer. La mayoría de mis canciones favoritas de Gilda fueron de su autoría.

No es un detalle menor que ella cantara sus canciones. Sé que no suena como un gran mérito, especialmente en el contexto del “pop de autor” del 2020. Pero para el mundo de las mujeres de la cumbia es un montón, un mundo lleno de cantantes pero no tantos autores.

Gilda no llegó a ser mainstream realmente hasta tiempo después de su fallecimiento. Llego a cierto grado de fama, pero solo en el mundo de la bailanta. También hay que admitir que la deconstrucción del estigma que pesa sobre la cumbia y los ritmos populares es un fenómeno más bien nuevo; yo misma a los 14 o 15 años me la daba de alterna rockerita y alzaba mi voz al grito de “la cumbia es una mierda”. Y aquí me tienen ahora enseñando la palabra Gilda y predicando el amor por la cumbia.

Gilda era popular. Era de los bailes. Era de la gente. 

Gilda cantó en el penal N° 9 de La Plata. No solo cantó, bailó en el escenario junto con algunos de los reclusos. “Pfff esto es una exageración. Lo montaron para la película” dije. Pero al buscarlo me di cuenta que la realidad era aún más increíble que la peli. Si ya desde el vamos me parecía inimaginable que una mujer se animara a cantar en una cárcel de varones. Los videos reales de Gilda cantando y bailando con los presos en el escenario fue emocionante. En mi mente, siempre son otros tipos los que cantan en las cárceles. Es como que tenía esa imagen de June Carter entrando a cantar junto a Johnny Cash en Folsom. Pero no, Gilda no es ninguna June. Gilda, mas bien, es nuestra Johnny Cash. Dicen que ese día ella no solo cantó y bailó con ellos; también se quedó a comer y pasar el rato con ellos.

Obviamente Gilda era una persona muchísimo mejor que yo. Yo no me animaría a entrar a una cárcel, y probablemente me reiria si alguien me atribuyese milagros. Porque todo ese tema de los milagros no fue un fenómeno póstumo. Aún viva, la gente decía que Gilda podía hacer milagros. Ella misma cuenta como una niña se apareció en un show para agradecerle que había salvado a su mamá de la muerte y, de paso cañazo, la abuela de la nena le pidió que le curara la diabetes. Ahí en medio del baile. 

El legado

Obviamente todo ese misticismo que ya había alrededor de Gilda no hizo más que intensificarse tras su muerte, en gran parte porque fue una muerte trágica y horrible (el micro en el que viajaban rumbo al siguiente show chocó de frente contra un camión. Gilda, su hija mayor, su madre, el chofer y parte de la banda murieron). Pero también porque con el paso del tiempo fuimos conociendo más de Gilda. Sus canciones empezaron a sonar más. Se convirtieron en covers. Trascendieron la cumbia y se transformaron en himnos. Los milagros empezaron a multiplicarse y, con ellos, los fieles. Cada vez más y más fieles. El lugar del accidente se transformó en santuario, y la tumba en Chacarita en punto de reunión. 

Gilda se volvio bigger than Jesus, como el segundo disco de Los Borbotones. Creo que no hay manera de pisar una fiesta en la Argentina sin que en algún momento suene alguno de sus hits. Porque podes no saber mucho sobre Gilda, pero estoy segura de que la bailaste. O tal vez improvisaste un pogo con algún cover rockero. O fuiste a la cancha y cantaste alguna versión de sus temas dedicada a tu equipo. 

Todo esto sin contar que años después la película sobre Gilda trascendió las fronteras y cruzó océanos. Natalia Oreiro (uruguaya, argentina por adopción y una de mis personas favoritas) elevó el fenómeno Gilda a niveles insospechados. Ahora las fans de Natalia no solo son fans de ella, también son fans de Gilda.

Es que por más escéptica que yo sea, no puedo negar que hay cierta magia alrededor de la figura de Gilda. Yo no me atrevo a decirla santa, realmente no sé si hace milagros. Pero sí creo que su paso por la tierra fue milagroso. Creo que su música tiene algo, algo que hace bien. No sé si cura, pero sí creo que sana. Porque sentirse feliz puede ser sanador. Porque si me dan a elegir entre un santo sufrido y uno que me haga bailar, siempre voy a elegir la segunda opción.